Nuestro querido abate

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16 de febrero

Hoy queremos escribir sobre el abate Marchena, esquivar el peaje de la actualidad y coger una plácida carretera secundaria que nos lleve a Utrera, el pueblo en el que hace 250 años nació José Marchena y Ruiz de Cueto, un hombre feo, febril, desaseado y oliváceo que se convirtió en el primer propagandista de la Revolución Francesa en España, lo cual le mereció que el gran y glorioso martillo de herejes y heterodoxos que fue don Marcelino Menéndez y Pelayo lo calificase como «sátiro de las selvas». El abate, que nunca tomó los hábitos, fue traductor aventajado de los grandes clásicos ilustrados -Montesquieu, Rosseau, Voltaire-; también salonnière metepatas, bromista literario, erudito erótico, panfletista temible y abundoso, prisionero de Robespierre, funcionario de dos Napoleones y, en general, personaje fabuloso y exagerado del que apenas queda ya memoria en las notas al pie de la historia política y cultural española. Sobre todo, el abate fue uno de los desafortunados fundadores de una de las constantes más dramáticas de nuestros siglos XIX y XX, el exilio político, lo que le supuso -a él que fue hijo de un magnate sevillano- una pobreza lindera a la miseria, nada que ver con esos falsos trasterrados de nuevo cuño con residencia en Waterloo, el lugar en el que, coincidencias, fueron derrotadas -aunque sólo momentáneamente- las ideas por las que vivió desmesuradamente nuestro querido Abate.

 

Ahora, con motivo de su 250º aniversario, su Utrera natal de olivos y cantaores -en estos días más parisién que nunca- le va a dedicar un amplio programa de actividades culturales que intentará rescatar su memoria de la escombrera del pasado. El homenaje es justo y necesario, entre otras cosas porque se recupera a uno de los primeros españoles que nos hablaron de conceptos como soberanía, nación, libertad, fraternidad… Si España es hoy un país soberano en el concierto de las naciones no se debe a los mitos de la historiografía tradicionalista, como Numancia o El Cid, sino a los hombres que, como el abate Marchena, sufrieron la persecución y la pobreza por enfrentarse a una monarquía absoluta que trataba a sus reinos como cortijos y a sus habitantes como meros criados. Hoy, a la vista está, el legado del abate está más que amenazado.

 

Diario de Cádiz

 

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