El traductor de Voltaire y Rousseau

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29 de mayo

«Mátame o al menos dame de comer». En esos términos se dirigió a Robespierre un afrancesado de Utrera, José Marchena Ruiz de Cueto (1768-1821), cuando compartía presidio con otros girondinos a la espera de la inapelable sentencia mecánica de la guillotina de la que finalmente se libró.

 

Utrera dedica este año a celebrar los 250 años del nacimiento de uno de sus hijos más singulares, Un utrerano entre Robespierre y Riego, como ha titulado su biografía, editada por El Carro de la Nieve, Pedro Sánchez Núñez (Utrera, 1943), que ayer presentó el libro en el Colegio de Abogados en presencia de su decano, José Joaquín Gallardo.

 

Es una segunda y revisada edición. La primera, hace 18 años, contó con el prólogo del académico y novelista José Jiménez Lozano, para quien el Abate Marchena, como se le terminó conociendo, representaba «una hora de España». En esta segunda edición, el prólogo es de Manuel Moreno Alonso, historiador de las revoluciones y que aquí se detiene en un sevillano que tuvo una activa presencia en la Revolución Francesa de 1789.

 

El autor de este libro reconoció a Juan Francisco Fuentes como el mejor biógrafo del Abate Marchena. Para la presentación, quiso rodearse de buenos amigos: de Antonio Pérez Marín, compañero de bufete, medio siglo de amistad, discípulos ambos de Francisco de Pelsmaeker; de José María Monzón, con quien tiene el nexo del Claret. Completaba la mesa Emilio Durán, que representaba no sólo a la editorial El Carro de la Nieve, sino a la tertulia El Molino de la Pólvora que hasta las recientes obras se celebraba en los bajos del hotel Inglaterra. Reuniones en las que participaba Pedro Sánchez Núñez y otros autores que han publicado en la editorial y estaban presentes, como Fernando Azancot o Pascual Garrido.

 

El Abate Marchena tenía como libro de cabecera la Guía de pecadores de Fray Luis de Granada y en su casa de París había colocado un cartel que decía: Aquí se dan clases de ateísmo. Incansable activista político, ejerció desde muy joven el periodismo y se ganó la vida como traductor.

 

Según su biógrafo, gracias a sus traducciones empezó a conocerse en España la obra de Molière, Voltaire o El contrato social de Rousseau, cuya traducción «se convirtió en el cuaderno de bitácora de la Constitución de 1812». Jovellanos tuvo que desmentir a quienes le atribuían a él ser traductor de esa obra, para reconocer los méritos de Marchena. Alertado por su amigo Alberto Lista, huyó a Francia porque la Inquisición lo perseguía. Marcelino Menéndez Pelayo lo incluyó en su Antología de Heterodoxos y diría de él que «su valor rayaba en temeridad».

 

Volvió a su Utrera natal en febrero de 1810 con el séquito de José Napoleón, Pepe Botella. Dos años antes, había entrado en España con las tropas del Ejército francés. «Fue capturado por la Inquisición y Murat mandó a un escuadrón de dragones para sacarlo de la cárcel». Los periódicos del Cádiz de 1812 lo criticaron con severidad, sus retratistas se mofaron de su aspecto físico, pero a todos les pasaba como a Menéndez Pelayo, que junto a su animadversión había un poso de admiración hacia su persona.

 

«Es una figura que se agiganta con el tiempo», dice el abogado y biógrafo, nacido en Utrera como su personaje aunque profesionalmente desarrolló su actividad como letrado del Ayuntamiento de Dos Hermanas y cronista oficial de esta ciudad. «Marchena era un adelantado de su tiempo, un eterno inconformista». La Universidad de Cádiz le dedicó un seminario con el epígrafe Vanguardia, Modernidad y Exilio y una sección del Archivo Provincial de Sevilla lleva su nombre.

 

Se salvó de la guillotina, intentó sin suerte embarcarse a América para participar en la emancipación de las colonias. Regresó a España tras el pronunciamiento de Riego, el segundo sumando del título de su biografía. A la presentación acudieron algunos de los colaboradores de esta reconstrucción biográfica, como Daniel Pineda Novo.

 

Estudió Leyes y Cánones en Salamanca, siempre defendió «el sacrosanto fuego de la libertad». Conoció a Marat, el de Sade, y a Murat, su liberador. Napoleón lo nombró inspector de contribuciones de los países conquistados. Una figura de la Ilustración que encarnan Jovellanos y Olavide; éstos tuvieron más suerte que el marqués del Socorro o el conde del Águila, que con sus atributos nobiliarios pagaron con su vida la apuesta por la modernidad. La que representó este heterodoxo de gabacho y mostachón.

Diario de Sevilla
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